Ínsula 927: devoción por Francisco Rico

Francisco Rico

El número 927 (marzo 2024) de la revista Ínsula está dedicado a Francisco Rico. A quien no sepa a estas alturas quién es Francisco Rico cabe sugerirle que en él confluyen todas las almas de la Filología: «el lector riguroso y lúcido, el historiador de la literatura, el crítico literario, el editor de textos, el trabajador infatigable, el gestor y promotor de iniciativas culturales, el periodista que nunca dejó de ser, el traductor y poeta, el personaje público provocador e incorrecto, la criatura literaria» (G. Pontón Gijón, Ínsula, p. 2, texto en acceso abierto).

El monográfico traza las facetas más relevantes de su trayectoria intelectual a lo largo de sesenta años de actividad. José Carlos Mainer, «Fiel a sí mismo: Francisco Rico», escribe sobre sus lecturas y modos de hacer como historiador de la literatura; Lola Badía, «Éblouissant Francisco Rico», evoca su faceta medievalista, y cómo fue clave su comprensión del renacimiento del siglo XII y del humanismo italiano para revolucionar la filología y los estudios literarios. «Francisco Rico, Petrarquista» de Enrico Fenzi glosa cómo ha cambiado el modo de entender la dirección y el sentido de la obra de un autor como Francesco Petrarca y la reconsideración del humanismo europeo. El académico Juan Gil señala la solidez y variedad de sus lecturas de los clásicos y como ese «Francisco Rico, latino» marcó, ha marcado y marcará la diferencia de todos sus libros, tal y como anticipa en uno de los primerísimos, Nebrija frente a los bárbaros, publicado por Ediciones Universidad de Salamanca (1978).

Luis Gómez Canseco, «En letras profundado. Francisco Rico entre dos edades», traza el maravilloso puente que ha sabido construir entre la literatura de la Edad Media y la del Siglo de Oro, desde su primer trabajo, publicado precisamente en Ínsula, en 1963, sobre La originalidad artística de «La Celestina» de María Rosa Lida – fallecida unos meses atrás, referente esencial en su trayectoria: tenía entonces Rico veinte años—; y sus ensayos sobre Alfonso el Sabio y la «General estoria» (1972), «Unas coplas de Jorge Manrique y las fiestas de Valladolid en 1428» (1965), Predicación y Literatura en la España medieval (1977), Texto y contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo XV (1990), etc. Así como las ediciones definitivas del Lazarillo, de piezas de Lope de Vega y de Cervantes que han cambiado el panorama literario, con sus consideraciones decisivas sobre La novela picaresca y el punto de vista (1970), «Hacia El caballero de Olmedo» (1975, 1980), y Tiempos del «Quijote» (2012).

La lectura concienzuda y profunda del texto del Quijote, su conocimiento sobre cómo se trabajaba en las imprentas del Siglo de Oro y se componían los textos con tipos móviles, han dado paso a su monumental edición del Quijote, faceta a la que Roger Chartier le dedica otra semblanza, con este acertado título: «Francisco Rico, autor del  Quijote».

Fernando Valls rememora la amistad de Francisco Rico con los escritores contemporáneos, desde la generación de los 50 (y anteriores), como Gil de Biedma, en su «Francisco Rico entre las letras españolas contemporáneas enredado». A su hijo, Daniel Rico Camps, le cabe ese «Retrato figurado sobre fondo de letras» de quien también ha sido un iconólogo, como muestra Figuras con paisaje.

Gonzalo Pontón Gijón, «Una ecdótica a su medida», apunta su renovación de la crítica textual, la relevancia del trabajo invisible del editor de textos, su método basado primero en el texto, el cambio que ha supuesto en nuestra forma de leer y editar los textos literarios:

Es tal o cual texto, con su repertorio de escollos y problemas, con las circunstancias de su devenir histórico a través de documentos distintos, y ante la necesidad de organizarlos en una propuesta de reconstrucción y fijación que merezca el calificativo de crítica, el que acaba reclamando un método o una suma de ellos.

(Gonzalo Pontón Gijón, Ínsula 927, p. 23)

Entre las muchas frases magistrales de Rico nos las habemos aquí con la de: «El más común de los errores es el falso error común».

Complementan el monográfico las miradas de un puñado de amigos y discípulos: Félix de Azúa, Victoria Camps, Javier Cercas, Paloma Díaz-Mas, Ignacio Echevarría, Daniel Fernández, Inés Fernández Ordóñez, Jacques Joset, Eduardo Mendoza, Alberto Montaner, Joaquim Palau, Lluís Pasqual, Gonzalo Pontón, Domingo Ródenas de Moya, Santos Sanz Villanueva, Guillermo Serés y Darío Villanueva. Aparecen en ellas esas otras miradas familiares: «siempre ha sido difícil separar el personaje de Francisco Rico de la persona. Y además él mismo se ha esforzado en perfeccionar su máscara, hecha de cigarrillos, distancia y una elegancia entre desdeñosa y deslenguada» (Daniel Fernández, pp. 37-38).

Cierto. El profesor Rico se construyó una imagen de enfant terrible que dejaba de lado, siempre, en la ciudad de Salamanca, con la que ha mantenido un diálogo ininterrumpido cada verano, a lo largo de más de 30 años, durante una semana, alojado en el Parador, acompañado de sus íntimos amigos (de la mili, para ser más precisos): Eduardo Soler y Fernando Serra de Ribera. Rico ha congregado a todos cuantos le interesaban en el Novelty o en Las Torres: cada año caras nuevas.  El centro de operaciones íntimo, el hogar de Mencu (Miguel Marón García-Bermejo Giner), a quien ha profesado un cariño y una lealtad propia, delante de unas patatas meneás, “las mejores que se pueden comer” (nótese que Rico es castellano).

A Francisco Rico solo cabe tratarle como el maestro insuperable que es de la Filología Española. En el juego de espejos que establece cada Maestro con sus discípulos, el más joven, Gonzalo Pontón Gijón, ha logrado este feliz monográfico. Se le nota la formación de experto filólogo y editor, a quien Rico ha confiado la dirección de la Biblioteca Clásica de la RAE, porque desde hace años «sólo un tozudo apego al previo reparto de papeles le ha hecho obstinarse en que su nombre no aparezca también en la cubierta» (de La Celestina [F. Rico, Preliminar] y de tantas otras).

Después de Rico, la Filología es otra. De su trayectoria vital, de su significación, de todas las empresas en las que ha participado, de sus libros y de las impactantes cubiertas que cuidadosamente se han seleccionado para este monográfico, junto con algunas fotos y el retrato de Eduardo Arroyo (del librito Garibay, edición limitada a 120 ejemplares), el número 927 de Ínsula (y todos) da buena cuenta. Y es una pieza indispensable al lado de sus estudios.

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